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TOBÍAS

8 noviembre, 2018

CON “M” MAYÚSCULA

 

POR: BIBIÁN REYES

Sus manitas sucias sujetan un balde, sus piececitos descalzos, mugrosos, no se acostumbran a las piedritas del camino, recorre la distancia apresurado, sus ojitos denotan temor, no debe demorarse por que don Bibis es perrucho y pega coscorrón, llega, llena el balde, camina de regreso, puja y suda, siempre suda, suda de día, suda de noche, la carita perlada brilla bajo el soleado día, regresa con dificultad al callejón, deja el balde, echa a correr, los niños pobres juegan siempre con mucha alegría, corre al solar de junto, la palomilla ahí se divierte, corren tras un gran cerdo que luce grandes colmillos inferiores, lo montan y molestan, no hay restricciones, nadie les da vigilancia ni atención, sólo la que la divina providencia les provee cada día; jalan pues el rabo del gran puerco, lo hacen gruñir furioso, sale el dueño y corre tras ellos:

 

– ¡Chaaaachos canijos!- grita y los apedrea, entre risas locas huyen rumbo al canal de aguas de riego pastosas mitad detergente mitad heces, sin titubear se quitan hasta los calzones arrojándose al bajo flujo, nadan, exploran, disfrutan con inocencia, comparten su miseria, son amigos, caritas diferentes pero todos iguales, el mismo padre, la misma madre, historias inverosímiles los llevaron a ese lugar y momento, comparten sin prejuicios ese mundo, el único que conocen.

 

Sus deditos tocan algo diferente en el viscoso piso, palpa de nuevo, no es una roca, no es basura común, el fondo fangoso le impide ver qué es, la suciedad del agua le irrita los ojos, aun así se atreve a ir por ello, más esfuerzo del que creía necesario le hace tragar un poco de agua, sale escupiendo pero airoso, tiene en la mano eso inquietante, lo enjuaga, todos se aproximan y lo limpian, una lata oxidada toda aboyada y de muy mal aspecto yace ahora en el piso, ninguno sabe qué es, sólo mirándola muy de cerca alguien se percata de que pueden leerse un par de frases en ella.

Sardinas en aceite…

 

Made in Spain

Existen muchas reacciones faciales en los rostros de los infantes cada vez que descubren un trozo del mundo, pocas como la del dolor y el hambre se pueden ignorar, en cambio ahora la de alegría que da paso de inmediato a la de desesperación invade esas caritas; la agitan, ahora la azotan, ya le pegan con una piedra, ya la arrojan lo más alto que pueden al aire, nada, la lata no cede…

 

No recuerdo cómo la abriste, solo recuerdo tu rostro recrear la misma emoción, una y otra vez que nos contabas la aventura de la sardina oxidada, tu cara recobraba ese gesto y tus ojitos el brillo de ese lejano día, sé que la comieron sin cuidado alguno, tampoco porque estuviera ahí desde hace quién sabe cuánto sumergida en el lodo, ni si la fecha de caducidad hubiera expirado, ¡o ni qué la chingada! la abrieron, se la comieron y fueron los niños más felices del mundo…

 

Si, comer era tu coco, una torta, un tamal, unos tacos, a donde fuera que hubiera un puesto de comida querías que te invitáramos de lo que vendieran, un día entendí esa angustia que desarrollaste por la pobreza de mis abuelos:

 

-No le pidas de comer a mi mamá manito, no ves que no tiene nada que darnos- le dijiste un día a mi tío Poli, -vente vamos a tomar agüita de la llave y vámonos a dormir-.

 

Pinche Tobías, cada vez que veo tu foto me pegas un trancazo más duro que el que me hubieras dado alguna vez, pero nada se compara tampoco con el día más feliz de mis recuerdos contigo, tú traías un pantalón cafecito con la raya planchada en los tubos, una camisa de manga corta de vestir blanca a rayas y unas botas boleaditas, entraste por el pasillo de la casa donde vivíamos en la Agrícola Oriental, la Trini te abordó y te dijo contenta su voz mencionando:

 

Mira, flaco sacó diez en su boleta…

Entonces me miraste y esa mirada tuya tan hecha con la ceja levantada desapareció y fuiste el que siempre has sido detrás de la cara de malo que usaste para ocultar tu bondad, me tomaste en brazos me abrazaste a tu pecho, me hiciste sentir como nunca en mi vida por tu causa.

 

Hoy hace un año que te vi por última vez en esto llamado vida, hoy hace un año tú en mis brazos te echaste a correr, se acabaron las tortas, las corretizas al montar el puerco, las tardes de televisión viendo el “Cuento de Cachirulo”, comiendo pan frio en las gradas de tabla, en casa de don Cuy, escuchando los reclamos de tus amigos por soltarles un pedo…

 

Se acabaron las idas a tocar con el sonido, se acabaron los chingaos que nos echábamos siempre, se acabaron las tardes reparando la combi, se acabaron los abrazos y los besos en tu pelona bonita y siempre descalabrada, se acabaron mis días contigo, se agotó tu tiempo, se apagó tu luz.

 

Vino la muerte, y le agradezco que lo haya hecho, pues ya sufrías mucho, ya no me hablabas, ya no me mirabas, ya no tenías días lúcidos, ya no me decías -cómprame un refresco-, ni tampoco -te quiero gordo- con la voz quebrada… gracias flaca, gracias por venir por él.

 

No olvides que cuando sea mi tiempo, él tiene que venir contigo a llevarme de aquel lado, así se lo pedí, así convenimos.

 

Ojalá perdones todo lo grosero que fui al ofenderte mi viejo, mi zaca, mi Tobías, tienes razón, la tuviste siempre, estoy bien pendejo.

 

Ahora pienso en ti y los recuerdos dolorosos se alejan con la suave brisa que acaricia mi rostro al andar por ahí, voy y corto uno de tus duraznos, cierro mis ojos y te traigo de tus mejores tiempos, así, fuerte, vigoroso, suda y suda pegando tabiques o manejando histérico el vochito amarillo gritando:

 

¡Muévete, pareces anciano!

 

O diciéndome:

¿No entiendes? Pinche cerebro de mosca, fíjate mensote…

 

Nunca te gané a pegarle al marro cuando rompíamos una piedra, ni a sacar un tornillo atascado de un motor, tampoco a resolver un problema arreglando algo, el Ingeniero eficiente eres tú, yo nada más soy tu enano.

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