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Característica de nuestra especie

9 noviembre, 2018

Cultura, política y políticas públicas

 

Abraham Guerrero/ luces del siglo

En el gremio cultural y artístico existe una especie de fantasía que ronda por las cabezas de la mayoría de sus protagonistas: ellos representan la cultura. La cultura, independientemente de aquellos que se adscriben como guardianes, existirá en cuanto que es una característica de nuestra especie. El asunto real de fondo es más bien ético en lo general y axiológico en lo particular. Lo que está en juego no es la cultura sino la apreciación de aquello que creemos debe ser la cultura, es decir, se trata de moralizar la visión de la cultura. ¿Qué valores culturales se transmiten socialmente? ¿Quién los genera? ¿Qué representan? ¿Cómo funcionan?

 

Esas preguntas en realidad no se discuten abiertamente en los gremios artísticos, más bien parecen discusiones que se dieron entre antropólogos y sociólogos en la década de los años 80 y 90 del siglo pasado, o de la crítica del arte posmoderno. Sin embargo, los gremios culturales tienen una participación empírica cuando buscan influenciar los mecanismos mediante los cuales se distribuyen los escasos recursos que se asignan a las políticas culturales.

 

Esa es precisamente la clave de su quehacer, la participación social activa. Las “acciones culturales” se circunscriben a ejercer presupuestos para exposiciones que sólo se visitan en la inauguración, obras de teatro o espectáculos de danza a los que sólo asisten amigos y familiares, presentaciones de libros o recitales de poesía sin asistentes porque hasta los amigos y familiares encontraron el pretexto para no ir, conciertos con más de la mitad de las butacas vacías, etcétera. El impacto social es nulo.

 

Los gremios artísticos seguirán careciendo de públicos, mirarán con desconcierto a las redes sociales como antes veían a los medios masivos de comunicación y echarán toda la responsabilidad al sistema. Pero en ese sistema han vivido y han obtenido becas y beneficios para hacer sus actividades, porque tienen una gran capacidad de grillar; es decir, de hacer política y en la mayoría de las ocasiones, de hacerla en beneficio propio. Los gremios culturales terminan generando movimientos efímeros en los que sólo unos cuantos permanecen con la congruencia de hacer algo más.

 

En el norte de Quintana Roo, junto al proceso electoral, se articuló un incipiente movimiento de actores culturales. Parecía que por fin se podían articular los múltiples esfuerzos dispersos de personas comprometidas y algunas muy capaces en aras de lograr una política cultural que por fin tenga incidencia social, que por fin fuera más allá de la retórica poética o de la acción insustancial y demagógica. Pero como todo movimiento, hay avances y retrocesos. Ahora parece que vivimos el retroceso y que las autoridades municipales y estatales seguirán actuando con discrecionalidad del azar. Habrá que repensar qué es lo que queremos de la cultura y sobre todo para qué.

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